Obispo y mártir · Fiesta: 29 de enero

📖 Juan 12,24
Ignacio fue obispo de Antioquía de Siria, la ciudad donde por primera vez se llamó cristianos a los discípulos (Hechos 11,26). Según el historiador Eusebio, fue el tercer obispo de esa ciudad, después de san Pedro y de Evodio. Él mismo se llamaba Teóforo, portador de Dios, y la tradición siríaca lo llama Noorono, el ardiente.
Bajo el emperador Trajano fue arrestado y llevado a Roma, custodiado por soldados, para ser arrojado a las fieras. Durante el viaje por Asia Menor, en Esmirna y en Tróade, escribió siete cartas: a las Iglesias de Éfeso, Magnesia, Trales, Roma, Filadelfia y Esmirna, y a san Policarpo, obispo de Esmirna. Estas cartas se cuentan entre los escritos más preciosos de la Iglesia primitiva.
En ellas Ignacio exhorta a los cristianos a permanecer unidos a su obispo, a los presbíteros y a los diáconos, y a reunirse en torno a la única Eucaristía, a la que llama medicina de inmortalidad. Defiende la verdadera humanidad de Cristo frente a quienes decían que solo en apariencia había sufrido. Es el primer autor conocido que usa la expresión Iglesia católica. A los cristianos de Roma les suplicó que no intentaran librarlo del martirio.
Murió en Roma hacia el año 107, despedazado por las fieras en el anfiteatro. La Iglesia latina celebra su memoria el 17 de octubre; la Iglesia malankara lo recuerda el 29 de enero. Los patriarcas de Antioquía de la tradición siríaca toman el nombre de Ignacio en su honor.
Ignacio veía la unidad de la Iglesia reunida en torno al obispo y a la Eucaristía.
La Eucaristía es el alimento de la vida eterna.
Deseaba estar con Cristo más que vivir.
Nuestra salvación es real, porque su carne era real.
Ignacio escribió a los romanos que él era trigo de Dios, que debía ser molido por los dientes de las fieras para llegar a ser pan puro de Cristo.
Describe a sus guardianes como diez leopardos que se volvían peores cuanto mejor se les trataba, y dice que con sus malos tratos aprendía a ser discípulo.
Una leyenda posterior dice que Ignacio era el niño al que Jesús tomó en sus brazos y puso en medio de los discípulos (Marcos 9,36). No hay ninguna prueba de ello.
Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras para llegar a ser pan puro de Cristo.
San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos 4
Morir con Cristo da fruto (Juan 12,24).
La unidad en torno al obispo y al altar.
Ignacio anhelaba a Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, san Ignacio fue obispo de Antioquía, la ciudad donde por primera vez se llamó cristianos a los seguidores de Jesús. Hacia el año 107 fue arrestado y llevado a Roma para morir en el anfiteatro.
Por el camino escribió siete cartas. Suplicó a los cristianos de Roma que no lo salvaran, diciendo que era trigo de Dios, que debía ser molido por los dientes de las fieras para llegar a ser pan puro de Cristo. Había comprendido las palabras de Jesús: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto (Juan 12,24).
En sus cartas Ignacio pide a los cristianos que permanezcan unidos a su obispo y que se reúnan en torno a la única Eucaristía, a la que llama medicina de inmortalidad. La división debilita a la Iglesia; la unidad en torno a Cristo la hace fuerte.
Pidamos a san Ignacio su amor ardiente: amor a Cristo, amor a la Eucaristía, amor a la unidad de la Iglesia. Y oremos por los cristianos que hoy son perseguidos por su fe. Amén.
Señor Dios, tú hiciste arder a san Ignacio de Antioquía de amor por tu Hijo hasta el martirio; por su intercesión, ayúdanos a amar la unidad de tu Iglesia, a tener hambre del Pan de vida y a entregar nuestra vida por ti. Amén.