Arzobispo católico oriental de Pólotsk, mártir por la unidad de la Iglesia · Fiesta: 12 de noviembre

📖 Juan 17,21
Juan Kuntsévych nació hacia 1580 en Volodímir, en Volinia (en la actual Ucrania), en una familia de rito bizantino. En 1596, por la Unión de Brest, muchos obispos de la Iglesia rutena entraron en plena comunión con Roma conservando su propia liturgia y sus tradiciones orientales. Siendo joven, Juan abrazó con convicción esta unión.
En 1604 se hizo monje de la Orden de San Basilio en el monasterio de la Santísima Trinidad de Vilna y tomó el nombre de Josafat. Era conocido por su oración, sus ayunos y su predicación. Fue archimandrita y, en 1618, arzobispo de Pólotsk. Restauró iglesias, enseñó el catecismo, cuidó a los pobres y trabajó sin descanso para llevar a los cristianos de su región a la unidad de la Iglesia católica, defendiendo a la vez la liturgia oriental.
Los ánimos de quienes se oponían a la unión estaban muy encendidos. El 12 de noviembre de 1623, en Vítebsk, una turba irrumpió en su residencia y lo mató. Fue beatificado en 1643 y canonizado en 1867, el primer católico oriental canonizado mediante un proceso formal de la Curia romana. Desde 1963 sus reliquias reposan en la basílica de San Pedro de Roma.
Josafat vivió y murió por la oración de Cristo: que todos sean uno.
Muestra que se puede ser plenamente católico conservando la propia liturgia y la propia herencia oriental, como las Iglesias católicas orientales que hoy viven también entre nosotros: ucranianos, maronitas, siro-malabares y otras.
La tradición recuerda que pidió a los suyos que no hicieran daño a sus agresores.
Josafat fue asesinado en Vítebsk en 1623 por opositores a la Unión de Brest, y su cuerpo fue arrojado al río Dviná. Más tarde fue recuperado y venerado.
Jesús oró por la unidad de sus discípulos (Juan 17,21). Josafat dio la vida por esa oración.
Conservó la liturgia bizantina viviendo en plena comunión con Pedro: la Iglesia católica respira con sus dos pulmones, Oriente y Occidente.
La tradición recuerda que pidió a los suyos que no hicieran daño a quienes venían a matarlo.
Queridos amigos, la noche antes de morir Jesús oró: que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que el mundo crea (Juan 17,21). La división entre los cristianos hiere esa oración. San Josafat dio su vida para sanarla.
Fue monje y arzobispo de tradición bizantina que abrazó la plena comunión con el obispo de Roma conservando su liturgia, su espiritualidad y sus costumbres orientales. Muchos no saben que la Iglesia católica no es solo latina: hay Iglesias católicas orientales, como la ucraniana, la maronita o las siro-malabar y siro-malankara de la India, que son plenamente católicas y orgullosamente orientales. Josafat muestra que esto no es un arreglo a medias, sino un don.
Los enemigos de la unidad lo mataron en 1623. La tradición cuenta que pidió a los suyos que no hicieran daño a sus agresores. Recemos hoy por la unidad de todos los cristianos, amemos nuestra propia tradición litúrgica y no hablemos nunca con desprecio de otra Iglesia. La unidad empieza por la manera de hablar. Amén.
Señor, suscita en tu Iglesia el Espíritu que llenó a san Josafat cuando dio la vida por sus ovejas. Por su intercesión, fortalécenos con ese mismo Espíritu, para que no temamos dar la vida por los demás. Amén.