Laico indígena de México, mensajero de Nuestra Señora de Guadalupe · Fiesta: 9 de diciembre

📖 Lucas 1,52
Juan Diego Cuauhtlatoatzin nació hacia el año 1474 en el pueblo chichimeca, cerca de la actual Ciudad de México. Fue bautizado ya adulto por misioneros franciscanos en la década de 1520, junto con su esposa, y recorría a pie largas distancias para asistir a Misa y a la catequesis.
En diciembre de 1531, según la tradición de la Iglesia en México, la Virgen María se le apareció en el cerro del Tepeyac. Le habló en su propia lengua, el náhuatl, y le pidió que se construyera allí un templo. El obispo, fray Juan de Zumárraga, pidió una señal.
El 12 de diciembre María le dijo a Juan Diego que recogiera flores en la cumbre del cerro, aunque era invierno. Él las llevó al obispo en su tilma, un manto de fibra de maguey. Cuando la abrió, las flores cayeron al suelo y en la tela apareció una imagen de Nuestra Señora. Esa tilma se venera hoy en la Basílica de Guadalupe.
Juan Diego pasó el resto de su vida junto a la capilla construida en el Tepeyac, cuidándola y contando a los peregrinos el mensaje de la Virgen. Murió en 1548. El papa Juan Pablo II lo canonizó en la Ciudad de México en el año 2002.
María envió al obispo a un pobre indígena.
María habló su lengua y vistió como su pueblo.
Juan Diego volvió al obispo una y otra vez.
Se apresuró a buscar un sacerdote para su tío moribundo.
Según la tradición, María le dijo a Juan Diego que recogiera flores en la cumbre helada del cerro y que las llevara al obispo en su tilma. Cuando la abrió, la imagen de la Virgen apareció en la tela.
Cuando Juan Diego tomó otro camino para no encontrarse con María, porque su tío se estaba muriendo, ella le salió al encuentro y lo consoló con palabras que recuerda el relato del Nican Mopohua: ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? Su tío quedó sano.
Dios eligió a un laico humilde para hablar al obispo.
El Evangelio entra en todas las culturas.
Juan Diego siguió adelante aun cuando no le creían.
Queridos hermanos y hermanas, san Juan Diego era un indígena pobre de México, bautizado ya adulto, que caminaba muchos kilómetros para asistir a Misa. En 1531, según la tradición de la Iglesia en México, la Virgen María se le apareció en el cerro del Tepeyac y lo envió al obispo con un mensaje.
Fijémonos en quién eligió María: no a un español rico ni a un sacerdote sabio, sino a un laico humilde de un pueblo conquistado. Como cantó María en el Magníficat, Dios enaltece a los humildes (Lucas 1,52).
María le habló en su propia lengua y se presentó con los rasgos y el vestido de su pueblo. El Evangelio no es extraño a ninguna cultura. Cristo quiere estar en casa en todos los pueblos: en México, en la India y en todas partes.
Al principio no le creyeron a Juan Diego, pero perseveró, y su tilma con la imagen de Nuestra Señora se convirtió en un signo para millones de personas. Pidámosle que nos ayude a llevar el mensaje de Dios con humildad y fidelidad, aun cuando no nos crean. Amén.
Señor, por medio de san Juan Diego mostraste tu amor por los humildes y los pobres; concédenos que, siguiendo su ejemplo, acojamos el mensaje de María y llevemos a Cristo a todos los pueblos. Amén.