Diácono y primer mártir · Fiesta: 26 de diciembre

📖 Hechos 7,59
Esteban fue uno de los siete hombres elegidos por la comunidad de Jerusalén, con la imposición de manos de los apóstoles, para servir en la distribución diaria de alimentos, de modo que las viudas de los cristianos de lengua griega no fueran desatendidas (Hechos 6,1–6). La Iglesia ve en los Siete el comienzo del diaconado.
Lucas describe a Esteban como un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, lleno de gracia y de poder, que realizaba grandes prodigios y signos. Sus adversarios no podían resistir a la sabiduría con que hablaba, y lo llevaron ante el Sanedrín con falsas acusaciones (Hechos 6,8–15).
En un largo discurso, Esteban recorrió la historia de Israel y acusó a sus oyentes de resistir al Espíritu Santo como lo habían hecho sus padres. Enfurecidos, lo arrastraron fuera de la ciudad y lo apedrearon. Él vio los cielos abiertos y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y murió orando por quienes lo mataban (Hechos 7). Un joven llamado Saulo, el futuro apóstol Pablo, aprobaba su muerte.
Su santidad comenzó sirviendo a las viudas a la mesa.
Su sabiduría venía del Espíritu.
Murió perdonando, como Jesús.
Mientras caían las piedras, Esteban fijó la mirada en el cielo y dijo que veía al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios (Hechos 7,55–56).
Los testigos dejaron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo, que aprobaba aquella muerte (Hechos 7,58; 8,1). Saulo llegaría a ser el apóstol Pablo.
El servicio fiel preparó a Esteban para el testimonio.
Vio a Jesús de pie para recibirlo.
Su oración dio fruto en Pablo.
Queridos hermanos y hermanas, san Esteban es el primer mártir de la Iglesia. Antes de dar su vida, servía a las mesas, cuidando de que las viudas pobres recibieran su alimento. Para él, la santidad comenzó en el servicio concreto.
Estaba lleno de gracia y de Espíritu Santo, y nadie podía resistir a su sabiduría. Cuando lo llevaron ante el Sanedrín, su rostro brillaba como el de un ángel.
Mientras lo apedreaban, levantó los ojos y vio el cielo abierto y a Jesús de pie a la derecha de Dios. Oró: Señor Jesús, recibe mi espíritu (Hechos 7,59), y después: Señor, no les tengas en cuenta este pecado.
Entre los que miraban estaba Saulo, que llegaría a ser san Pablo. El perdón de Esteban dio fruto. Pidamos a san Esteban la gracia de servir con humildad, de dar testimonio con valentía y de perdonar de todo corazón. Amén.
Concédenos, Señor, imitar a san Esteban, que oró por quienes lo perseguían, y aprender a amar incluso a nuestros enemigos. Amén.